Árbol nuestro, que estás en los cielos


Santificadas sean tus ramas

Si yo fuera un árbol y viese este cielo, entonaría una oración.

Pajarillo pardo


En la Carrera
de San Bernardo,
quedó tu nido seco y vacío
quizá algún niño ya lo robó.

La caraba


La caraba

Mucha gente emplea el término “ser la caraba” para calificar algún hecho extraño, jocoso o fuera de lo normal, y no sólo para los hechos, también para las personas. A cualquiera rarito o especial, o que tenga una salida de tono se le dice también que es la caraba.

Pero no todo el mundo sabe su origen, y ese está en el siglo XIX cuando en la feria de Sevilla instalaron una barraca con un cartel que decía: “La Caraba. Se ve por cuatro reales”.

Tuvo mucha afluencia de público ansioso de ver aquel ser o fenómeno extraño. La decepción y el enfado era grande cuando lo único que había por ver era una mula vieja y con poca vida por delante.

Los que habían montado el “negocio”, una familia gitana, se defendía diciendo que era un animal “c’araba” antes, cuando era joven. Ahora, ya, por su edad, “el animal, ya no ara”, decían los calés.

Aquella anécdota tuvo éxito y comenzó a utilizarse la expresión “ser la caraba” con el significado que se le da hoy.

Paseando por donde yo vivía cuando era niño me encontré un arado viejo, abandonado entre la maleza. Aquello también araba en su día.

Y me salió una foto que es la caraba.

Político o periodista


Me he cruzado con un camaleón, mientras paseaba a mis perros; llevaba cierta prisa. No he podido charlar un ratico con él. Debería ir a dar un discurso o escribir su columna de opinión, supongo. Porque digo yo que sería político o periodista.

Gente camaleónica hay de toda clase, condición y profesión, claro; pero en el mundo político y de la prensa no es que abunde, es que inunda. Y si he apostado por político o periodista, es porque tengo un alto porcentaje de probabilidad de acierto.

Y no es que tenga yo nada contra quienes cambian de postura a lo largo de su vida, yo mismo lo he hecho. Recuerdo todavía lo que me impactó una frase que decía “Si no has cambiado de opinión con respecto a algo importante en los últimos años, tómate el pulso. Puede que estés muerto”.

Pero es algo muy diferente que varíe tu opinión en razón de tus vivencias, experiencias personales, lecturas, reflexiones, etc. y varíen tu lugar en el arco de las opiniones, a mudar tus ideas -o mejor dicho, lo que dices que son tus creencias- en función de cada circunstancia del día o el lugar en que te encuentres, por no decir quien te paga más, como hacen los camaleones.

Bueno, al menos los camaleones no cambian por dinero. Son más dignos.

El cebo es el que engaña


Dice el refrán que “Es el cebo el que engaña, no el pescador ni la caña”.

Yo lo diría al revés, “No es el cebo el que engaña, sino el pescador y la caña”.

Pero, bueno, creo que que al chaval se le puede perdonar. Cuando lo fotografié ya pensé que no conseguiría muchos trofeos. Me acordé de ese otro refrán (soy muy de refranes) que dice:

Pescar con anzuelo de plata es pesca más barata.

Y es que parece que cuesta menos comprar el pescado en la pescadería que conseguirlo con el anzuelo.

Angelico mío.

Toy triste


Fui a tirar la basura y me encontré esta imagen desgarradora. Un juguete había sido abandonado a su suerte junto al contenedor.

Me pareció dolorosa no porque no estuviese en el contenedor de color prensa actual. Tampoco porque algún niño hubiese decidido que ya no le apetecía jugar más.

Me pareció terrible porque me quedé allí un rato esperando ver aparecer al sheriff Woody Pride al rescate, pero no vino. Pensé que quizás esa noche libraba y, en su lugar, vendría Buzz Lightyear; seguro que él podría, ya que era capaz de ir hasta el infinito y más allá.

Pero tampoco. Me fui a casa y volví con un termo y café con leche, dispuesto a montar guardia. Seguro que llegaría el rescate, aunque fuese de la mano de Mister Potato, o de Rex, el dinosaurio (tiranosaurio es políticamente incorrecto ya, no se admiten los tiranos).

O incluso me valdría Wheezy, el pingüino ese al que se le falta el pito, y habla como Fernando Simón cuando se come una almendra. Pero no. No vino nadie.

Bueno, sí, se hizo de día y vino el camión de la basura. Yo me fui a mi casa por miedo de que me llevara a mí también, que estoy un poco cascao ya. ¿Por qué hice aquello de pasar la noche esperando el rescate del juguete? Porque, igual que al coronel “Hannibal” Smith, el del Equipo A, me gusta que los planes salgan bien.

Me gusta que las cosas tengan un final feliz. Y estoy esperando ver alguna que sale bien, en la vida real. Me conformaría con una sola. Pero no. Las cosas solo terminan bien en el cine.

Toy triste.

¡Hágase la luz!


Y la luz no se hizo.

A veces las cosas no salen como quiere el jefe.

Hay farolas que parecen hijas de Satanás.

Vamos a ver ¿qué trabajo le costaba al empleado municipal poner una bombilla?

Estuve un rato esperando, por si venían a reparar el alumbrado. Y nada.

Hay cosas que no tienen arreglo. Y son las más. Como decía Larra.

Bayas donde vayas


¡Vaya valla que saltó el caballo bayo allá por Valladolid!

Recuerdo los dictados de mi maestro, Don Maximiliano; esa frase formaba parte de ellos.

Y paseando a mis perros me encontré las bayas. Lo pensé inmediatamente… ¡Vaya, vaya! valla donde valla, hayaré bayas.

Helas aquí.

Como el ave solitaria


Como el ave solitaria
Yo nací para cantar,
Es para mi la aventura
Como una fruta madura
Que me gusta saborear.
Hace tiempo solté amarras
Con el mundo familiar.
Me fui volviendo cigarra
Por culpa de una guitarra
Y amor a la libertad.

Me gusta ir volando bajo
Para cantarle a destajo
Al viento, al cielo y al mar.
De noche echarme en la huella
Para contar las estrellas
Y ver el alba llegar
Como el ave solitaria
Yo nací para cantar.

A veces soy como un paria
A solas tengo que andar
Ah, lo que vale un amigo
Cuando te ofrece el abrigo
Cuando comparte su pan
Casi siempre es solidaria
El alma con la amistad
Porque es ella quien valora
Lo que cuesta cada hora
De constante soledad.

Me gusta ir volando bajo
Para cantarle a destajo
Al viento, al cielo y al mar.
De noche echarme en la huella
Para contar las estrellas
Y ver el alba llegar
Como el ave solitaria
Yo nací para cantar.

Sé muy bien que es necesaria
La rama donde anidar.
Mi canto en un atropello
Se enredó en unos cabellos
Y no lo quise soltar.
Hasta el ave solitaria
También se deja atrapar.
En la cárcel de unos ojos
El amor echó cerrojos
Y fuimos dos a cantar.

Me gusta ir volando bajo
Para cantarle a destajo
Al viento, al cielo y al mar.
De noche echarme en la huella
Para contar las estrellas
Y ver el alba llegar
Como el ave solitaria
Yo nací para cantar.

¿Te atreves a cantarla?

Oxímoron por los suelos


Un imperdible perdido. Un oxímoron. Eso me encontré ayer en un paseo autorizado por la ley. Y es que antes se paseaba uno (ese uno soy yo, claro) cuando le apetecía o se lo permitían sus múltiples achaques.

Ahora la caminata es como los toros, con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide. Por vivo en otro oxímoron llamado estado de alarma, que es un estado de derecho sin algunos derechos, en que los hunos, que mandan, se reúnen con los hotros, que quieren mandar, y pactan las limitaciones de mi libertad.

Esas libertades cambian más que el tiempo; cada 15 días me dicen si se prorrogan o han cambiado. Además, dentro de esas quincenas también son variables, según la hora, según la edad, según la localidad en que vivas, según lo que decida el delegado gubernamental de turno…

Es una democracia, sí, pero orgánica. Vamos, que es democracia dependiente de lo que le salga a alguien del órgano. Más oxímoron.

En la mitad de los 70 del pasado siglo, muchos soñábamos con que llegase la utopía de la democracia. No sabíamos que sería una utopía distópica.

El caso es que me he encontrado con que se había perdido un imperdible, y creo que es un símbolo de este tiempo que estoy viviendo, en que se han perdido derechos que eran imperdibles.

“Un oxímoron feliz” escribiría hoy Aldous Huxley.

¿Está el abuelo?


El bastón del abuelo

Entré en un modesto bar de pueblo perdido y allí estaba el bastón del abuelo. No sé qué abuelo sería, pero suelen ir persiguiendo a sus bastones, que avanzan por delante de ellos y nunca los alcanzan.

Cuando yo llegaba a casa, a veces encontraba el bastón apoyado en una pared y ya sabía que mi abuelo estaba allí. Mi padre lo heredó de él y yo de mi padre. Todavía no estoy necesitado de utilizarlo, pero me falta poco. Muy poco.

El Dúo Dinámico tenía una canción que se llamaba así, “El bastón del abuelo”. Y está aquí:

Jazmines en el pelo


Había jazmines en un jardín vecino, jazmines que se abrían paso entre las rejas y salían a la calle a saludar, educados, a los peatones que circulábamos, atareados en nuestras cosas, sin reparar en ellos hasta que, alguna vez, percibíamos el aroma, al menos yo, y me paraba a devolverles el saludo.

Hablo en pasado porque el jazminero ya no está. Una maldita reforma se lo llevó por delante, y ahora, cuando transito por allí, echo de menos su perfume, y a mi madre, a la que tanto gustaban estas flores y yo le traía cuando era pequeño.

Cuántas cosas puede evocar algo tan pequeño. Porque, incluso, alguna vez, continúe mi camino tarareando (mentalmente, porque pocas hay que haga tan mal como cantar) la “Flor de la Canela”, esa preciosa composición de Isabel “Chabuca” Granda aunque yo la prefiero, respetuosamente, por Dona Maria Dolores Pradera que nos dejó hace ahora dos años. Y también me acuerdo de ella.

Por recordar, hasta recuerdo a Forges, el genial dibujante, que se fue dos o tres meses antes que Doña María Dolores. Me vienen a la cabeza sus chistes, en los que, ocasionalmente, incluía textos de canciones y una de ellas era, precisamente, La Flor de la Canela.

“Jazmines en el pelo y rosas en la cara
Airosa caminaba la flor de la canela
Derramaba lisura y a su paso dejaba
Aroma de mixtura que en el pecho llevaba…”

La dejo aquí para que nadie tenga que molestarse en buscarla.