Oxímoron por los suelos


Un imperdible perdido. Un oxímoron. Eso me encontré ayer en un paseo autorizado por la ley. Y es que antes se paseaba uno (ese uno soy yo, claro) cuando le apetecía o se lo permitían sus múltiples achaques.

Ahora la caminata es como los toros, con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide. Por vivo en otro oxímoron llamado estado de alarma, que es un estado de derecho sin algunos derechos, en que los hunos, que mandan, se reúnen con los hotros, que quieren mandar, y pactan las limitaciones de mi libertad.

Esas libertades cambian más que el tiempo; cada 15 días me dicen si se prorrogan o han cambiado. Además, dentro de esas quincenas también son variables, según la hora, según la edad, según la localidad en que vivas, según lo que decida el delegado gubernamental de turno…

Es una democracia, sí, pero orgánica. Vamos, que es democracia dependiente de lo que le salga a alguien del órgano. Más oxímoron.

En la mitad de los 70 del pasado siglo, muchos soñábamos con que llegase la utopía de la democracia. No sabíamos que sería una utopía distópica.

El caso es que me he encontrado con que se había perdido un imperdible, y creo que es un símbolo de este tiempo que estoy viviendo, en que se han perdido derechos que eran imperdibles.

“Un oxímoron feliz” escribiría hoy Aldous Huxley.

¿Está el abuelo?


El bastón del abuelo

Entré en un modesto bar de pueblo perdido y allí estaba el bastón del abuelo. No sé qué abuelo sería, pero suelen ir persiguiendo a sus bastones, que avanzan por delante de ellos y nunca los alcanzan.

Cuando yo llegaba a casa, a veces encontraba el bastón apoyado en una pared y ya sabía que mi abuelo estaba allí. Mi padre lo heredó de él y yo de mi padre. Todavía no estoy necesitado de utilizarlo, pero me falta poco. Muy poco.

El Dúo Dinámico tenía una canción que se llamaba así, “El bastón del abuelo”. Y está aquí:

Jazmines en el pelo


Había jazmines en un jardín vecino, jazmines que se abrían paso entre las rejas y salían a la calle a saludar, educados, a los peatones que circulábamos, atareados en nuestras cosas, sin reparar en ellos hasta que, alguna vez, percibíamos el aroma, al menos yo, y me paraba a devolverles el saludo.

Hablo en pasado porque el jazminero ya no está. Una maldita reforma se lo llevó por delante, y ahora, cuando transito por allí, echo de menos su perfume, y a mi madre, a la que tanto gustaban estas flores y yo le traía cuando era pequeño.

Cuántas cosas puede evocar algo tan pequeño. Porque, incluso, alguna vez, continúe mi camino tarareando (mentalmente, porque pocas hay que haga tan mal como cantar) la “Flor de la Canela”, esa preciosa composición de Isabel “Chabuca” Granda aunque yo la prefiero, respetuosamente, por Dona Maria Dolores Pradera que nos dejó hace ahora dos años. Y también me acuerdo de ella.

Por recordar, hasta recuerdo a Forges, el genial dibujante, que se fue dos o tres meses antes que Doña María Dolores. Me vienen a la cabeza sus chistes, en los que, ocasionalmente, incluía textos de canciones y una de ellas era, precisamente, La Flor de la Canela.

“Jazmines en el pelo y rosas en la cara
Airosa caminaba la flor de la canela
Derramaba lisura y a su paso dejaba
Aroma de mixtura que en el pecho llevaba…”

La dejo aquí para que nadie tenga que molestarse en buscarla.

¡Mehr Licht!


Estaba yo pensando lo caro que se ha puesto el tocino cuando… no, es broma. No me preocupa el precio del tocino porque no como carne, pero es una frase con que empezaba uno de los monólogos del gran Miguel Gila y, a veces, lo utilizo.

Decía que estaba yo en mi coche esperando algo -siempre estamos esperando cosas- cuando un rayo de luz produjo un reflejo en el ambientador de automóvil que cuelga del espejo retrovisor. Me recordó lo importante que es la presencia de luz, o ausencia de oscuridad, que es lo mismo. Algo que habitualmente no valoramos.

Y me acordé también del pobre Goethe cuando, a punto de morir, pedía “Luz, más luz“, frase que se ha hecho famosa mundialmente. En realidad no sabemos si fue así o no. Eso es lo que contó su médico, Carl Vogel. Para más inri, el galeno tampoco estuvo presente en el momento de su defunción, o sea, que también se lo contaron a él.

Sea cierto o no, es importante huir de la oscuridad, y no me refiero a la física claro, sino a la otra, a la de pensamiento.

Y grito, como Goethe, ¡Licht, Mehr Licht!

A punto de ahogarme


La foto es de 2016, y en aquel momento lo estaba pasando mal, muy mal. Me ahogaba. Se había muerto mi perro.

Aunque estaba en mi despacho, parecía estar en un pantano. De ahí salió esta foto.

No me pisotees que llevo chanclas


Eso parece pedir el Mar Menor a muchos colectivos: agricultores, constructores, turistas y, especialmente, a los políticos, que llevan maltratándolo y riéndose de él, y por ende, de nosotros, durante décadas.

El nombre del conocido grupo musical de los 80, No me pises que llevo chanclas, es el que inspira la entradilla de esta foto.

Las razones del Nilo


En la Plaza Navona, la más barroca de Italia, dicen, está la famosa fuente de los Ríos, uno de los lugares que más visita esa peste de nuestros tiempos que son (somos) los turistas.

Hay cuatro ríos representados en ella, el Danubio por Europa, el Río de la Plata por América, el Ganges por Asia y el Nilo por África. Este último se cubre la cabeza con la túnica. Dicen los entendidos que es porque cuando se esculpió la obra, aún no se conocían las fuentes donde nace.

Cuando lo vi y fotografié, estaba cubierto de palomas. Otra peste, dicen, de nuestras ciudades, por las enfermedades que transmiten, dicen, y por el deterioro que causan con sus deyecciones. Me quedé con la duda de si el pobre Nilo intentaba protegerse de las aves o de nosotros, el rebaño de mirones.

Sigo sin saberlo pero cada día me inclino más por las hordas que viajamos, móvil en ristre, recogiendo cosas que no entendemos, de momentos que no vivimos y arte que no sentimos.

Giraldillo


La catedral de Sevilla es la tercera más grande del mundo, con 11.520 m2. Su veleta, el Giraldillo, corona la torre de la Giralda (“que gira”). También está abajo, en una de las puertas, donde lo fotografié.

Mariposón


Mariposeando a contraluz

Era una mariposa grande, muy grande. Era un mariposón.

Aquí han fumao


Tengo un amigo que siempre que se encuentra ante algo evidente, en lugar de argüir que es una perogrullada, dice “eso es como cuando llega la policía a un sitio donde hay colillas y dice: aquí han fumao”.

Me acordé de él cuando vi el panorama. Pero lo que pensé es que allí habían estado unos guarros que habían vaciado los ceniceros del coche. No hacía falta ser Sherlock Holmes para verlo.

El pasado


Un buen sitio para asomarse al pasado sería un balcón como este.

Buscando a Nemo


No lo encontré por más que busqué. Creo que tendré que viajar a Sidney, a ver si allí hay suerte.