Las delicias de Tarzán


Su nombre científico es Ficus macrophylla Desf. ex Pers. pero como resulta difícil de llamar así, en términos coloquiales es el Árbol de Las Lianas. A mí me ocurre algo parecido, mi nombre es José Francisco pero como resultaba incómodo para el día a día, terminaron llamándome Jotaefe.

El árbol de las lianas, Jardines de Murillo. (Higuera de Bahía Moreton)

El origen, el del árbol, no el mío, está en Australia y, muy especialmente -que ya es afinar- en la isla de Lord Howe, aunque donde yo lo vi fue en los Jardines de Murillo, en Sevilla.

Para poder hacerse uno la idea del tamaño que tiene era preciso poner cerca algo o alguien que nos ayude. Le pedí a una mujer que posara junto al tronco y ella accedió amablemente. El que sea la mía quizás influyó en algo, supongo. El caso es que no pude sacarlo entero por la altura del dicho árbol de las lianas, aunque yo sospecho que ese nombre es cosa de los sevillanos porque su nombre vulgar, de verdad, es Higuera de Bahía Moreton, en Queensland, Australia, de donde procede, como se dijo antes.

Sea su nombre correcto o no, a Tarzán le habría gustado, seguro.

 

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La magia de la luz


Leí una vez una frase que no recuerdo literalmente pero decía algo así como que, a veces, cuando un rayo de luz cae sobre un objeto, por pobre o sórdido que sea, como un cartel roto en un callejón, por ejemplo, puede transformarlo durante un tiempo y crear magia.

Fui temprano al consultorio médico para algo tan poco poético ni mágico como extraerme sangre pero, al subir al coche, el sol, que ya se había despertado también, entró por entre las ramas de un ficus sediento y un parabrisas bastante falto de limpieza y, además de recordarme que debo ser un poco más aseado con mi auto, creó un pequeño ambiente mágico que disfruté unos segundos antes de continuar con la triste rutina diaria.

 

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Un ficus no, mi ficus


Leí que hay muchos tipos de ficus, y como no soy experto no me atrevo a decir de cuál es el mío. Porque eso sí lo sé, no es un ficus. Es mi ficus.

Llegó a casa hace muchos años, siendo una pequeña maceta. Luego creció y hubo de salir a la terraza. Allí siguió creciendo y se convirtió en un macetón. Y llegó el día en que había que elegir entre no salir a la terraza o llevarle a él a otro sitio. Costó trabajo decidir entre las opciones que se presentaban; la elegida fue plantarlo en el campo, pero en una zona donde fuese visible desde casa, de modo que en un terreno  cercano despoblado fue ubicado con la inestimable ayuda de mi amigo Salva, porque hubo que sudar mucho para abrir el hoyo. La tierra allí está durísima y hay muchas piedras.  Se le puso su correspondiente ración de estiércol en la base, antes de colocar el cepellón, se regó abundantemente y… a esperar.

Llegó el invierno y, pese a los cuidados y los riegos, se estropeó. Algún hijo de vecino, le dio una patada y lo torció. No satisfecho con eso, otro día le arrancó un par de ramas.  Y las hojas se le fueron cayendo casi todas, no sé si por el maltrato, por el trasplante, por el invierno o por todo a la vez. El caso es que apareció pelado, torcido y mutilado. Quedó entre penoso y lamentable. No era ni la sombra de aquel árbol vigoroso, verde intenso y de hojas brillantes que vivía en mi terraza.

Lo enderecé, le puse un tutor, maldije a los vándalos que lo habían atacado y… lo di por muerto. Terminó el invierno, llegó la primavera y ¡oh, sorpresa! empezaron a salir hojas, en las ramas que le quedaron, claro. En el lugar de las ramas arrancadas lo que había y hay es un triste hueco. Cuando llegó el calor reanudé los riegos. En pleno verano cada día una garrafa de agua, o dos. Y en el mes de vacaciones vengo de la playa un par de días a la semana para regarlo. Así ha ido creciendo de nuevo. Y ha creado su propio hábitat. Junto a la base, puse un recipiente que renuevo de agua a diario y se ha convertido en abrevadero para gatos, perros, pájaros y hasta avispas. También han crecido muchas plantas en su base, y eso ha convertido aquel rodal en hogar de multitud de insectos.  Ahora ha llegado el invierno de nuevo y ha perdido parte de su color verde brillante, lo combina con el amarillo parduzco que le inoculó el otoño. Supongo que cuando llegue, de nuevo, la primavera, volverá a reforzar su crecimiento y aumentará el número de hojas. También han salido dos conatos de nuevas ramas que se detuvieron al llegar el otoño y no sé si continuarán.

Su estado actual es el que se ve en la foto, tomada desde mi casa con un zoom potente.