Atrapada


Parecía atrapada, pero no lo estaba.

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La estuve observando unos minutos. El mismo viento que la había llevado hasta allí era quien la presionaba contra la reja. Cuando ella se cansó de ofrecer resistencia, o el viento de presionarla, tanto da, se aflojó, cambió de postura y pasó al otro lado, luego reanudó su loca y desnortada carrera otoñal, empujada otra vez el por el viento. ¿O era otro?

No sé yo si de aquello que acababa de presenciar se extraía alguna sesuda enseñanza o reflexión. Yo, desde luego, no saqué ninguna, porque tenía prisa y se me pegaban las lentejas.

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Amor otoñal


Cualquier estación es tiempo de quererse.

Distraída


Hace un par de noches, pleno Noviembre y con un frío que pelaba al tiempo que anunciaba la llegada del “pelacañas”, mientras paseaba a mi perro para hacer su último pipí del día, oí cantar a un grillo. Efectivamente, un grillo, como Pepito. Estaba el tío ahí, dale que dale, con un par. Es decir, con un par de patitas traseras frotándolas contra un par de alitas delanteras.

Pensé que, o había encontrado el tomate de su vida, o era un despistado que no sabía el tiempo en que vivimos. Y es que la naturaleza es muy distraída.

Hoja despistada
La distraída de siempre

Tuve la confirmación de ello cuando me encontré a una hoja, pendiente de un árbol en el aparcamiento que hay frente a mi casa. Allí estaba ella, como el grillo, viviendo una primavera próxima. Verde y sin caerse, en contra de lo que mandan los cánones otoñales.

Creo que pronto legislará este gobierno, tan amante del orden y las buenas costumbres, prohibiendo estos actos de rebeldía y saldrá una ley que impida a los grillos cantar y a la hojas verdear en unos meses determinados del año.

Por nuestro bien, claro.